Ojos Redimidos
La semana pasada, mientras la casa aún estaba en silencio y mi Biblia abierta descansaba sobre mis piernas, Dios trajo a mi corazón una palabra. No lo había escuchado antes, pero se posó en mi mente como una semilla nueva. La busqué, la estudié, la desmenucé y guardé todo aquello en mi corazón.

Después de un rato, cerré mi cuaderno y seguí con la faena del día… Sin embargo, Dios aún no había terminado de hablarme.
Unos cuantos días después, mi hija mayor regresó del parque con los ojos brillantes. Entró a mi habitación casi sin anunciarse. Yo estaba en el teléfono cuando a modo de sorpresa acercó a mi rostro un pequeño tubo y lo colocó frente a uno de mis ojos.
A través de un diminuto visor contemplé formas delicadas y luminosas, como si danzaran unas con otras. Fragmentos de colores que, al girar suavemente el tubo entre sus manos, se transformaban en figuras hermosas.
Sentí un estremecimiento. ¡Aquello no era coincidencia!
Mi hija estaba sosteniendo frente a mí un caleidoscopio… el mismo objeto que días antes había estado estudiando en silencio durante mi tiempo devocional, sin saber que pronto lo tendría delante como una parábola que Jesús me estaba invitando a escuchar.
Como piezas de un rompecabezas que, poco a poco, encuentran su lugar, el misterio comenzó a revelarse.Descubrí entonces que aquellas figuras hermosas no eran el resultado de cristales nuevos —eran los mismos desde el principio—; lo que cambiaba era mi manera de percibirlos cada vez que la mano de mi hija movía el tubo.
Entonces lo comprendí.
Cuando permites que tu mirada se vuelva hacia Mí, la forma en que ves los problemas, —aquellos que hoy parecen amenazantes o incluso devastadores— se transforma.
Recordé aquel momento relatado en Mateo 16:21-23, cuando Jesús comienza a hablar con sus discípulos sobre su muerte y les dice que debía ir a Jerusalén, que allí los líderes religiosos le harían sufrir hasta la muerte, pero que tres días después resucitaría.
De repente ocurrió algo muy humano. Pedro lo llevó aparte y le dijo:
—¡Dios nos libre, Señor! Eso jamás te sucederá a ti.
Jesús se dirigió a Pedro y le respondió:
—¡Pedro, estás hablando como Satanás! Ves las cosas solamente desde el punto de vista humano, no desde el punto de vista de Dios.
En otras palabras, Jesús le estaba diciendo a Pedro: “Tu manera de ver este dolor necesita ser redimida.”
Hoy me pregunto: ¿cuántas dificultades en mi vida estoy viendo desde el punto de vista humano y necesito permitir que Dios gire mi mirada para verlas desde el Suyo?
¿Será que por aferrarme a mis propias expectativas, estoy cerrando mis brazos a lo que Dios desea entregarme?
¿Será que, por mi obstinación en trazar mi propio rumbo, le doy la espalda a la senda que Él ha trazado para mí?
¿Y si en mi afán por deshacerme del dolor que hoy me atraviesa el alma, estoy perdiendo las grandes lecciones que solo al enfrentarlo de la mano de Jesús puedo aprender?
¿Y si, por confiar más en mi propio entendimiento que en la dirección de Dios, me estoy quedando donde no debo… o renunciando donde fui llamada a permanecer?
Quizás en ocasiones, no sea nuestra realidad la que necesite transformarse con urgencia, sino la manera en que la estamos habitando.
Oh Señor Jesús,
ayúdanos a ver con Tus ojos,
a mirar el mundo y nuestras vidas
como Tú las miras.
No quiero ser como el mulo o el caballo,
impaciente y ciego a Tu guía,
cuyo brío hay que frenar para acercarlo a Ti (Salmos 32:9).
Cambia mi manera de pensar,
abre mi corazón a lo que no percibo,
revela lo que mis ojos humanos no alcanzan a ver.
Redime mi visión, Señor Jesús.
¡Amén!

