Pronóstico del Corazón

A seis días del renacer de la primavera, veo a través de mi ventana caer ligeros copos de nieve.

El día respira a 18°F, como si el invierno se resistiera a soltar su dominio.

Quién diría que hace tan solo unos días mis niñas jugaban bajo el sol en sus trajes veraniegos, mientras yo me deleitaba en plantar las primeras flores de nuestro jardín.

“Es el clima de Georgia”, dicen los locales. Dichos populares como “Bienvenido a la tierra donde puedes quemarte con el sol y sufrir congelación en la misma semana” se hacen muy ciertos en esta época del año, marcada por el cambio constante.

Quizás el clima de nuestros corazones no sea tan diferente al de esta tierra del sur.

Tal vez, al igual que yo, tus hormonas te sacuden el ánimo en una misma semana, llevándote de un extremo a otro. En un momento estás saboreando tranquilamente tu café, y al siguiente una nube de preocupación cruza el cielo de tu alma y algo dentro de ti cambia.

Las emociones van y vienen. El ánimo sube y baja como la incesante marea. Tu fe, a veces es fuerte; otros días, como un grano de mostaza.

Hay días en los que te agotas con facilidad, y otros en los que no tienes la disciplina que desearías.

Somos criaturas cambiantes, afectadas por el cansancio, el miedo, las hormonas, las experiencias, las heridas, la enfermedad y el entorno.

Lo vemos tan claramente en la vida del profeta Elías, quien derribó con gran fuerza y valentía a 400 profetas de Baal en el monte Carmelo. Sin embargo, en el capítulo siguiente lo vemos cansado y deprimido en el desierto, deseando morir. Y es que nadie está exento de experimentar la fragilidad del corazón humano.

Qué alivio es saber que nuestras fluctuaciones no desestabilizan a Dios. Todo lo contrario: Él nos asegura en Su Palabra:

“Yo, el Señor, no cambio…” (Malaquías 3:6)

Él nunca cambia ni varía como una sombra en movimiento (Santiago 1:17), sino que continúa siendo el mismo de ayer y lo seguirá siendo por los siglos.

Como lo expresó el predicador Graham Cooke:

“La fidelidad de Dios ha sido la base firme de su relación con la humanidad a lo largo del tiempo. Por su amor y sus promesas, fuiste elegido su tesoro”.

Por tanto, alma mía:

“Lo que Él piensa de ti no cambia.
El amor que siente por ti no se agota.
Lo que te ha prometido no lo retiene.
Y lo que ha comenzado en ti, lo terminará.”

Gracias, Padre, por ser la roca inconmovible de mi vida. Porque mis fracasos y pecado nunca han sido un impedimento para que me ames. Gracias porque me regalas tu gracia y manifiestas tu poder en mi debilidad. Gracias porque mis peores días no alteran lo que me prometiste, cuando yo me sentía en los mejores. Gracias porque eres fiel para preservarme hasta el momento en que me encuentre contigo cara a cara. ¡Amén!