Cuando sentimos que se nos fue el tren…

Una de mis películas favoritas cuando era niña era “Daniel el Travieso”. La historia sigue a un niño curioso y desbordante de energía que, aunque tiene buen corazón, siempre termina metiéndose en problemas. Su vecino, el Sr. Wilson, un anciano de carácter gruñón, es quien más sufre sus travesuras, pues Daniel interrumpe constantemente su vida tranquila.
El Sr. Wilson es aficionado a la jardinería; su huerto es uno de sus mayores orgullos, especialmente sus flores. En una de las escenas más recordadas, este organiza una reunión para presenciar la apertura de una flor que ha cuidado y esperado ver florecer durante 40 años.
Se trata de una flor que solo abre de noche, en un momento preciso y fugaz. Justo cuando el anciano está a punto de verla abrir, Daniel grita que hay un ladrón en la casa.
El Sr.Wilson se distrae por el alboroto, y cuando vuelve a mirar… la flor ya se ha abierto y marchitado. Su rostro cambia, haciendose evidente su amargura y frustración.
¡Qué duros esos momentos en los que sentimos que nos hemos perdido algo importante, o que la vida pasó de largo y dejamos escapar una gran oportunidad!
El corazón empieza a repasar los “si hubiera…” “Si hubiera llegado unos minutos antes… si hubiera contestado esa llamada… si hubiera aceptado esa oferta…si no hubiera perdido tanto tiempo en esa relación”, como si de algún modo pudiéramos regresar atrás y reescribir lo que ya fue.
Creo que algo parecido debió sentir Tomás, el discípulo a quien solemos asociar con la incredulidad. En el Evangelio según Juan, capítulo 20, se nos dice que, tras la crucifixión de Jesús, sus discípulos quedaron confundidos y abatidos. Al tercer día, Jesús resucita; y se les aparece mientras estaban reunidos a puerta cerrada.
“¡Ellos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor! Jesús les dijo: “La paz sea con ustedes” Como el Padre me envió a mí, así yo los envío a ustedes». Entonces sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban al Espíritu Santo”.
¡Qué momento tan glorioso! Ver al Señor Jesús resucitado, escuchar su voz, tocarlo, ser restaurado por su presencia y enviado a la obra del ministerio directamente por sus propios labios.
Sin embargo, el versículo 24 nos presenta un detalle que podríamos pasar por alto:
—“Tomás, uno de los doce discípulos, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le contaron: ¡Hemos visto al Señor!”
Todos están felices, emocionados… pero Tomás se queda atrás, atrapado entre la incredulidad y la herida.
¿Por qué Jesús no esperó por mí? —posiblemente se cuestionaba.
Tras esa decepción, brotan de él las palabras por las que ha sido tan conocido:
—No lo creeré a menos que vea las heridas de los clavos en sus manos, y meta mis dedos en ellas, y ponga mi mano en la herida de su costado.
Su declaración no solo refleja incredulidad, sino también dolor, y la sensación de haber sido excluido de un momento tan sagrado; de alguien que siente que llegó tarde al milagro.
Lo hermoso de esta historia es que Jesús no lo descartó por su duda. Una semana después, el Señor vuelve a aparecer y, esta vez, busca personalmente a Tomás.
Jesús lo invita a acercarse: a tocar, a ver, a creer. En ese encuentro su incredulidad se convierte en adoración cuando exclamó: “¡Señor mío y Dios mío!”
Quizás una de la lección más profunda de es esta historia es que aunque nosotros sintamos que llegamos “tarde”, Dios nunca llega tarde a nosotros. Hay un tiempo en el reloj del cielo para cada encuentro; para cada sueño y promesa.
He conocido a un Dios que es puntual en sus tiempos. Por eso, creo que un hijo de Dios no “pierde su tren” ni queda varado en la estación de la espera sin esperanza para el futuro. El Shaddai (Jehová Todopoderoso) es capaz de redimir incluso nuestras ausencias y oportunidades perdidas, convirtiéndolas en encuentros más profundos con su presencia y provisión.
Entonces, alma mía, cree que tu Padre no le dará a nadie más lo que ha preparado para ti. Y si te resulta difícil creerlo, mira a Jonás: aun cuando huía deliberadamente del lugar donde debía estar, el Padre envió una tormenta y un gran pez para llevarlo exactamente a donde su perfecta voluntad lo quería.
Tal vez, como el señor Wilson, sientas que se te pasó el momento de ver florecer aquello que por tanto tiempo esperaste. Permíteme alentarte hoy y decirte: Dios sigue siendo fiel a su tiempo perfecto. Su propósito no se detiene, no se retrasa ni se cancela.
Descansa en esta verdad consoladora, expresada por un hombre que tuvo que esperar cerca de dos décadas entre la promesa y su cumplimiento:“En tus manos están mis tiempos” (Salmo 31:15).
