El costo de no saber cuándo parar

Algunos colapsos ocurren porque no aprendimos a detenernos a tiempo.

Esa fue la triste historia de Eight Belles, una famosa yegua que hizo historia el 3 de mayo de 2008 al terminar en  segundo lugar en el prestigioso Kentucky Derby compitiendo contra otros 19 caballos. Al llegar a la meta, mientras desaceleraba, sufrió fracturas fatales en ambas patas delanteras y tuvieron que someterla a eutanasia en la misma pista de competencia.

El lugar de su mayor triunfo se convirtió, inesperadamente, en el escenario de su final.

Uno de los veterinarios dijo que Eight Belles tenía el movimiento perfecto para ser  eficiente. Esa es una de las razones por las que podía correr tan rápido y durante tanto tiempo. Sin embargo, el problema aparecía cuando comenzaba a desacelerar: tenía cierta tendencia a tropezar. Según explicó, era una vulnerabilidad que podían presentar los caballos con ese tipo de zancada.

Aquel trágico final puso bajo la lupa la cría de caballos de carreras y dejó una pregunta difícil:

¿Estamos criando cuerpos para correr a una velocidad que no pueden soportar?

¡Cuántas similitudes puedo encontrar entre la historia de Eight Belles y la nuestra!

Nosotros también podemos caer en la misma trampa. Mientras todavía podemos correr con eficacia, asumimos que estamos bien y seguimos adelante. Seguimos corriendo durante largos períodos de tiempo, a gran velocidad, sin detenernos a hacer las pausas que nuestra alma necesita.

Seguimos produciendo, diciendo que sí y respondiendo a las demandas de cada día, sin detenernos a considerar si nuestro ritmo es sostenible y si lo que estamos invirtiendo en llenar nuestra alma corresponde a todo lo que estamos entregando de nosotros mismos a los demás.

Como Eight Belles en aquella carrera memorable, nosotros también podemos demostrar que somos capaces de correr, pero eso no significa que nuestro cuerpo y nuestra alma puedan soportar indefinidamente el costo de ese ritmo.

En un mundo que admira la fuerza, celebra la productividad y convierte el ser imparable en una virtud, aprendemos a seguir corriendo aun cuando algo dentro de nosotros comienza a pedir que nos detengamos.

Nos hemos hecho expertos en esconder muy bien nuestras vulnerabilidades y nuestros quiebres, pero cuando perdemos la capacidad de detenernos, la caída puede estar mucho más cerca de lo que imaginamos. Y tarde o temprano, las fracturas se vuelven inevitables.

¿Cuántas veces terminamos sofocados en una espiral interminable de actividades? Nos convencemos de que somos indispensables en demasiados lugares y terminamos sucumbiendo al síndrome del “salvador”,  esa necesidad de estar siempre disponibles y de resolverlo todo.

Nos presionamos a decir “sí” una y otra vez, incluso cuando nuestra alma está gritando “no” y nuestra propia familia está pidiendo, en silencio, que nos detengamos.

Y sin darnos cuenta, nuestro corazón se va alejado de la casa del Padre, de ese que nos dice:

 “Tu eres mi hijo amado y en ti tengo complacencia”.  

Hemos fundamentado nuestra identidad en logros, reconocimiento, en títulos y hasta en la adulación de los demás. Pero todo esto es tan efímero…

Creo que hoy abundan los corazones de locomotora, pero con espíritus que se están debilitando. Y Dios, en su misericordia, comienza a soplar sobre nuestras vidas. Como un niño que sopla delicadamente sobre un diente de león para dispersar sus semillas, Él desprende de nuestras manos aquello a lo que nos hemos aferrado, pero que lentamente nos está robando lo más importante.

Y por esta razón, a veces tenemos que perder, para ganar.

A través de los sufrimientos Dios desteta nuestra alma de las cosas temporales, y de todo aquello que hemos antepuesto a Su amor, aun cuando se trata de Su propia obra.

Tal como lo expresó la sobreviviente del holocausto Corrie Ten Boom: “Nunca sabrás que Jesús es todo lo que necesitas, hasta que Jesús sea todo lo que tengas.”   

Querido(a), el amor y la elección de Dios por ti constituyen tu verdadero valor. Nada más. Nada menos. Delante de Dios estamos desnudos. Las máscaras de perfección y apariencia se nos caen ante la verdad y gracia que brotan de Su santa presencia. 

Tu valor proviene de Aquel que consideró tu alma tan preciosa que estuvo dispuesto a pagar por ella el precio más alto: Su propia sangre.

Por eso, Jesús ama a esa versión REAL de ti.  A la que tiembla de frío en el invierno y suda bajo el calor del verano. A la que se despierta en medio de la madrugada y no logra volver a conciliar el sueño. A la que se sienta frente a una montaña de ropa por doblar y se abre paso cada día entre los juguetes esparcidos por el suelo.

Ama a la que se cansa porque es humana, a la que lucha con dudas y preguntas. A la que hace las compras en el supermercado, y arranca las malas hierbas y riega las flores del jardín. A la que toma café por la mañana y, quizá, también por la tarde.

Jesús ama a esa versión de ti que llora, que se quiebra y que, cuando se han apagado todas las luces de los muchos escenarios de la vida, deja de intentar ser fuerte y, en la intimidad, lo busca con vehemencia.

Creo que David se refería a esto cuando escribió en el Salmo 131:1-2

“Señor, mi corazón no es orgulloso, ni mis ojos altivos; no busco grandezas, ni cosas que sean mayores a mis fuerzas. Pero estoy callado y tranquilo, como un niño pequeño está quieto al lado de su madre.  Sí, como un niño pequeño es mi alma.”

Entonces alma mía recuerda:

Lo mejor de tu vida no llega cuando persigues cosas grandes y extraordinarias. Lo mejor siempre llega cuando tu prioridad es seguir a Aquel que te llama AMADA(O), aun en medio de temporadas ordinarias de invisibilidad, soledad y aparentes fracasos. Es allí, precisamente allí, donde muchas veces aprendemos las lecciones más hermosas de la vida.

Y es allí donde nuestro corazón de locomotora finalmente encuentra descanso.