Los crayones rotos aún colorean

Era viernes, y de pronto me cayó encima el cansancio de toda la semana.
Los mismos regueros que había recogido incontables veces reaparecieron. El entretenimiento para mis tres pequeñas nunca parecía ser suficiente. Los gritos y las peleas, tan típicos entre hermanas, me mantenían la mayor parte del día desempeñando el papel de árbitro. Sus platos de comida seguían casi intactos después de media hora de insistir para que comieran. A eso se sumaba la batalla diaria para que hicieran sus tareas de verano y evitaran la pérdida de aprendizaje, mientras mi mente ya planificaba la logística del nuevo año escolar.
Por otra parte, la montaña de ropa limpia seguía esperando para ser doblada; los trastes sucios se acumulaban en el fregadero y mi café volvía a estar frío, después de haberlo recalentado por tercera vez.
Hay días en los que siento que manejo la maternidad y la vida con A+. Pero hay otros en los que me como dos donas glaseadas, me subo al miniván y simplemente comienzo a conducir en silencio, sin saber exactamente para donde voy.
Y así ocurrió el viernes…
Me detuve en Chik Fil A, y ordené unas papas fritas con salsa polinesia, me las comí mientras guiaba y se me ocurrió ir a la montaña a caminar. Recorrí en silencio el sendero que bordeaba el lago, y allí se me desbordaron las lágrimas.
Lloré al sentir la presión en esta trinchera de la maternidad— esas miles de batallas diarias que exige la crianza de nuestros hijos. Lloré por lo difícil de una temporada que parece demandar de mí mucho más de lo que tengo para dar.
Las palabras fueron pocas, pero mi llanto se convirtió en la oración más profunda que podía ofrecerle a Dios.
Cuando terminé de caminar, hice una parada en el supermercado. Compré algunas cosas que hacían falta en la casa y otras que, en realidad, no necesitaba, como la bolsa de M&M’s con maní que me devoré de regreso.
Mientras disfrutaba el crujido de aquellos pequeños chocolates coloridos, me di cuenta de que algo en mi alma no estaba bien. La comida se había convertido en mi refugio, y sin notarlo, había caído en la alimentación emocional. Entonces, de repente, un pensamiento intrusivo me estremeció:
“I’m a mess.” (Soy un desastre)
Quizás no siempre logramos ser proactivos con el cuidado de nuestra alma, y sucumbiendo en un estado reactivo, enfrentamos el estrés y el dolor desde el cansancio, en lugar de procesarlos con sabiduría y gracia.
Todos tenemos mecanismos de escape, esos lugares —que no siempre son los más prudentes— a los que nos vemos tentados a recurrir cuando las presiones de la vida se vuelven difíciles de soportar. Son refugios temporales donde encontramos un alivio inmediato, pero que al final nos dejan llenos de remordimientos.
¿Qué hacemos cuando la imagen idealizada que tenemos de nosotros mismos se rompe y erramos contra nuestro propio corazón?
En su libro “El hijo de Abba”, Brennan Manning describe una verdad, que, aunque resulta más fácil creerla que practicarla—es fundamental para vivir en libertad y plenitud:
“Que yo alimente al hambriento, perdone una ofensa o ame a mi enemigo en el nombre de Cristo son, sin duda, grandes virtudes. Lo que hago por el más pequeño de mis hermanos, lo hago por Cristo. Pero ¿qué pasaría si descubriera que el más pequeño de todos, el más pobre de todos los mendigos, e incluso el enemigo que debo amar, está dentro de mí? ¿Qué pasaría si yo mismo necesitara la limosna de mi propia bondad? ¿Y si yo fuera el enemigo al que debo amar? Entonces, ¿qué?”
Quizás, para algunos, ser bondadosos con los demás no sea algo tan difícil como aprender a serlo con uno mismo. Todos, en algún momento, hemos actuado como enemigos de nuestra propia alma, pronunciando contra ella palabras que jamás permitiríamos que alguien dijera sobre nuestros hijos. Y, al hacerlo, olvidamos una verdad maravillosa: también somos hijos, y no de cualquier padre, sino del Padre de misericordias.
Cuando aquel viernes estaba a punto de terminar, Dios rescató mi alma del olvido. No lo hizo a través de una gran revelación, sino mediante uno de esos momentos sencillos y cotidianos que podrían pasar desapercibidos.
Regresé a mi hogar. Mi esposo ya había alistado a las niñas con sus pijamas y, como solemos hacer antes de dormir, les pedí a cada una que escogiera un libro. A través de la elección de Isabelle —Los crayones rotos aún colorean—, Dios respondió con gran creatividad a las duras palabras que yo misma había pronunciado contra mí.
Avery, la protagonista de la historia, rompió sus crayones en un momento de frustración mientras se decía a sí misma: “I’m a mess, just like these crayons” (“Soy un desastre, igual que estos crayones”). Para su sorpresa, los crayones comenzaron a hablarle y, al final, le dejaron una gran lección:
“Aunque un crayón esté roto, sigue siendo capaz de dar color; de la misma manera, una persona que ha experimentado el fracaso, la debilidad o las heridas no pierde su valor ni su utilidad en las manos de Dios.”
Cada día enfrentaremos el quebranto y las complejidades propias de la vida. No siempre actuaremos como deberíamos ni experimentaremos las emociones que desearíamos tener. Sin embargo, Dios no nos ama porque hayamos alcanzado la perfección ni porque hayamos ganado su amor; nos ama porque, en su gracia, Él ha decidido amarnos.
El corazón de todo esto se resume en una verdad: debemos hacer del inmenso amor de Dios por nosotros el fundamento de nuestra identidad y nuestro valor. Por eso creo que nuestra mayor lucha será aprender a vivir como personas que ya han sido amadas. Aceptar que no somos nuestros errores, nuestras caídas ni nuestros momentos de mayor debilidad. Somos hijos e hijas de un Padre que nos mira con misericordia, que conoce cada fractura de nuestra vida y que, aun así, continúa creando una hermosa obra de arte con los crayones rotos que hemos colocado en sus manos. Por eso, la gloria nunca será nuestra; siempre será de Él.


