Un Amor Domesticado

Hay corazones que un día ardieron como fuego por Jesús, pero con el tiempo fueron domesticados.
Un amor domesticado cuida las apariencias, mide cada palabra, protege su reputación, pero olvida que Dios no busca una imagen impecable, sino un corazón quebrantado.
Es un amor que sin darse cuenta se ha enfriado. La rutina apagó el asombro, la costumbre reemplazó la gratitud genuina y el deber ocupó el lugar del deleite. Ya no espera con ansias encontrarse con Dios, pero sí, con afán busca cumplir con su agenda y programa.
Un amor domesticado construye moldes para sentirse seguro y bajo control. Se encierra en ellos y pretende encerrar también a los demás, ignorando que al hacerlo, está rechazando el vino nuevo que Jesús desea verter sobre su vida.
Ha perdido la capacidad de maravillarse ante Dios. La cruz ya no le conmueve como antes, y la pasión por Cristo ha sido cubierta por la niebla de la costumbre.
Quizá uno de los ejemplos más claros sea Judas. Mientras María derramaba el perfume más costoso sobre los pies de Jesús en un acto de adoración espontáneo y extravagante, Judas solo podía calcular el precio del perfume. Donde María veía a un Salvador digno de recibirlo todo, Judas veía un desperdicio.
El amor domesticado se conforma con el ritual y ha caído en la práctica de una adoración mecánica. Conoce las canciones, y las palabras correctas, pero ha olvidado el temblor de la presencia de Dios, aquel que es SANTO, SANTO, SANTO.
En cambio, un corazón ardiente no necesita aparentar. Ha desechado sus máscaras porque se sabe plenamente conocido y amado por Dios, su Hacedor, con todas sus arrugas y verrugas.
Adora porque contempla la belleza de Cristo con la fascinación de un niño.
El amor apasionado conserva la capacidad de llorar en Su presencia, de derramar su perfume más precioso y de ofrecerle a Dios no solo palabras, sino un corazón completamente rendido.
Ayúdanos, Señor Jesús a no caer en la rutina de un amor domesticado, y si allí estamos, por tu misericordia, ¡sálvanos de ese estado trágico del alma! Después de todo, tu sigues siendo el mismo del que se dijo que: no apagaría la mecha que apenas arde, y humeare. (Isaías 42:3)
Jesús, amigo fiel, aviva nuestro amor para que sea impetuoso, así como lo describes en Cantar de los Cantares: “El amor destella como el fuego con la llama más intensa. ¡Las muchas aguas no pueden apagar el amor, ni los ríos pueden ahogarlo!” (8:6-7)
